Lo que comenzó como una inquietud familiar por hacer algo distinto en Culiacán, hoy es una empresa que ha sabido abrirse paso en medio de limitaciones financieras, pandemia, inseguridad y cambios en los hábitos de consumo. Tlakati no solo es una panadería; es un ejemplo de cómo una pequeña empresa puede construir identidad, evolucionar con paciencia y convertir un oficio artesanal en una propuesta gastronómica más amplia y sólida.
El nombre no es casual. Tlakati proviene del náhuatl y remite a la idea de volver al origen. Ese concepto resume bien la esencia del negocio: recuperar formas más cuidadas y honestas de hacer pan, alejadas de los procesos acelerados, de los conservadores y de los productos estandarizados que dominan buena parte del mercado.
Un proyecto de hermanas que empezó sin dinero
La empresa nació de una idea impulsada por tres hermanas: Ana Bertha Félix, Isabel y Miriam. La creatividad del proyecto vino, sobre todo, de Isabel, quien desde casa hacía pan, postres y diversos platillos, pero con la inquietud de llevar esa habilidad a un concepto diferente, con identidad propia y vocación artesanal.
El problema era el de muchas microempresas en México: había ganas, había visión, pero no había capital.
Fue entonces cuando decidieron entrar a una convocatoria del entonces Fondo Nacional Emprendedor. El proyecto iba y venía, con observaciones, ajustes y correcciones, hasta que finalmente lograron la aprobación de un financiamiento cercano a los 100 o 150 mil pesos, recurso que les permitió dejar la cocina de casa y rentar el espacio que hoy ocupa Tlakati como centro de producción.
Mientras el crédito se destrababa, la familia seguía trabajando. Empezaron con galletas de avena y coco, luego con granola, y poco a poco fueron colocando sus productos en escuelas, colegios, pequeños negocios, tiendas de conveniencia y algunos clientes más grandes, entre ellos Chata, que en algún momento se convirtió en uno de sus compradores relevantes.
Del pan y café a una propuesta gastronómica más amplia
Cuando Tlakati abrió al público, era apenas un espacio pequeño donde se ofrecían pan y café. El café se preparaba en prensa francesa, el pan salía de un horno sencillo y la operación era modesta.
Sin embargo, la empresa fue creciendo paso a paso, sin prisas y sin querer abarcar más de lo que sus posibilidades permitían.
Primero llegaron los emparedados y las ensaladas de garbanzo y quinoa, productos que llamaron la atención en una ciudad donde ese tipo de oferta no era todavía tan común. Después se incorporaron los desayunos, procurando que, en la mayoría de los casos, el pan siguiera siendo parte central de la experiencia. Más adelante se integraron también pastas, pizzas, ensaladas y otros platillos que dialogan naturalmente con una cocina basada en panadería y masa.
Hoy el menú supera los 50 productos, y Tlakati opera de lunes a sábado, de 8:00 de la mañana a 6:00 de la tarde, con capacidad para atender a unas 30 personas en sus 13 mesas.
Artesanal no como adorno, sino como método
Uno de los diferenciadores centrales de Tlakati es que su concepto artesanal no es un recurso de marketing, sino una forma de producción.
Aquí el pan no se hace con aceleradores ni con fórmulas pensadas para reducir tiempos al máximo. Cada tipo de pan lleva su propia harina, su masa específica y sus tiempos. El negocio decidió, desde sus inicios, apostar por procesos más lentos, más complejos y más fieles a la lógica tradicional del pan.
Ese enfoque se volvió todavía más claro cuando incorporaron el trabajo con masa madre, siendo de los primeros en Culiacán en ofrecer este tipo de pan de forma consistente. La masa madre, explica David Loaiza Félix, es un prefermento elaborado con agua y harina que fermenta durante varios días y que permite desarrollar mejores aromas, sabores y texturas, además de hacer más digestible el producto.
Lo importante, sin embargo, es que Tlakati no se quedó atrapado en una moda. Entendió que la masa madre es una herramienta valiosa, pero no la única, y que el panadero debe elegir el método de fermentación según el resultado que busca. Esa visión habla de oficio, pero también de criterio técnico.
Una empresa familiar que ya entró a su segunda generación
Con el paso del tiempo, el negocio se volvió generacional. Las fundadoras pusieron la base, y hoy la segunda generación ya participa activamente.
David Loaiza Félix, hijo de Isabel, estudió negocios y tiene una maestría en administración. Su entrada al corazón operativo de Tlakati no fue planeada desde el inicio. Originalmente se enfocaba en la parte administrativa, pero tras el fallecimiento de su tía Miriam —quien estaba al frente de la producción— tuvo que involucrarse directamente en la panadería.
Lo que comenzó como una necesidad terminó convirtiéndose en vocación.
David descubrió en el pan un oficio que le apasiona. Se ha formado con chefs panaderos, ha tomado cursos presenciales y en línea, ha leído y experimentado por cuenta propia. No se asume como experto definitivo, sino como alguien que debe mantener siempre una mentalidad de aprendiz. Esa actitud, más que una anécdota personal, es uno de los activos más importantes del negocio.
Junto a él también participan las hijas de Ana Bertha, y así Tlakati va transitando hacia una estructura de segunda generación familiar, donde las responsabilidades empiezan a compartirse y a profesionalizarse.
Proveedores locales y cadenas productivas cercanas
Otra de las decisiones que definen a Tlakati es su esfuerzo por comprar localmente siempre que es posible. No por romanticismo, sino por convicción productiva.
La harina base se adquiere con una harinera de Sinaloa; los huevos provienen de una granja certificada de San Ignacio, conocida como Huevos Cheché; el agua la compran a Aquamiller; el café lo adquieren con un proveedor local que tuesta aquí mismo; semillas y especias las consiguen con Teresita. Hay insumos que, por especificaciones técnicas, tienen que comprarse fuera, pero el principio es claro: fortalecer cadenas de suministro cercanas siempre que la calidad lo permita.
En un entorno económico como el de Culiacán, donde sostener la actividad productiva depende también de que los negocios se consuman entre sí, esta política tiene un valor estratégico.
Talento humano, profesionalización y límites del contexto
Actualmente Tlakati genera 18 empleos, incluyendo personal operativo, cocina, panadería y atención al público. Han incorporado incluso personas egresadas de gastronomía, pero enfrentan un problema que hoy comparten muchas empresas locales: cada vez es más difícil encontrar gente con interés real por trabajar, aprender y comprometerse con procesos exigentes.
David señala que antes abrir una vacante implicaba recibir varios currículums; hoy, con suerte, llega uno. Y aun así, muchas veces la persona no se presenta a entrevista o no está dispuesta a adaptarse a las necesidades reales del negocio.
En una panadería artesanal, por ejemplo, sería ideal contar todo el tiempo con practicantes interesados en aprender pan. Pero ese interés no aparece fácilmente, a pesar de que hay varias escuelas de gastronomía en la ciudad.
Resistencia antes que expansión
Como muchos otros negocios de Culiacán, Tlakati había considerado crecer: ampliar horarios, extender el servicio hacia la noche, vender vino, incluso abrir otro punto. Pero primero la pandemia y después la violencia en la ciudad cambiaron la lógica empresarial.
Hoy la consigna no es expandirse, sino sostenerse con firmeza.
La empresa recortó su horario de cierre, primero por la pandemia y después por la inseguridad, en parte para proteger al personal que depende del transporte público. La mentalidad ha cambiado: en vez de correr detrás de nuevos compromisos financieros, han decidido fortalecer la base y operar con prudencia.
La visión es clara: crecer rápido sin condiciones estables puede ser más peligroso que quedarse quietos por un tiempo.
Una empresa pequeña con mentalidad de largo plazo
Tlakati no es todavía un gran corporativo, ni pretende fingir que lo es. Pero sí es una empresa pequeña con criterio, con identidad, con procesos que se cuidan y con una comprensión madura de sus límites y sus posibilidades.
Ahí radica parte de su valor.
No se trata solo de vender pan, café o desayunos. Se trata de sostener una forma de hacer las cosas, de crear comunidad con la clientela, de ofrecer calidad consistente y de demostrar que una empresa familiar puede evolucionar sin perder el alma.
Sinaloa Productivo y Resiliente | Lectura estratégica
Tlakati representa muy bien a esa empresa sinaloense que no nació con capital abundante ni con estructuras sofisticadas, pero que ha sabido construir valor a partir de identidad, trabajo constante y aprendizaje.
Su historia deja varias lecciones. La primera es que la artesanía, cuando se profesionaliza, puede volverse ventaja competitiva. La segunda es que el relevo generacional sí puede fortalecer un negocio familiar si se combina con formación y apertura al cambio. Y la tercera, quizá la más importante en el contexto actual, es que resistir no significa quedarse quieto, sino saber ajustar el ritmo sin traicionar la esencia.
En Culiacán, empresas como Tlakati muestran que la resiliencia productiva también se construye desde pequeños espacios: una panadería, una cafetería, una cocina abierta al aprendizaje y una familia que decidió convertir una necesidad en proyecto de vida.

