Sinaloa Productivo y Resiliente

Kiwi, de una crisis en la herrería a una empresa con siete puntos de venta, panaderías y pizzerías

De vender jugos y sándwiches en un local de apenas unos metros cuadrados, la familia Verdugo construyó una empresa enfocada en alimentación saludable que hoy opera múltiples unidades de negocio en Culiacán

Donde muchos ven un problema, otros encuentran una oportunidad. Así nació Kiwi, una empresa sinaloense dedicada a la alimentación saludable que hoy opera siete puntos de venta, dos panaderías y dos pizzerías, pero que tuvo su origen en una crisis que nada tenía que ver con la gastronomía.

La historia comienza hace dos décadas con Miguel Ángel Verdugo Rivera, ingeniero industrial, quien en aquel entonces se dedicaba a la herrería, mientras su esposa ejercía como docente en la Escuela de Arquitectura.

El negocio marchaba bien hasta que la demanda internacional de acero provocó una fuerte escasez y un incremento abrupto en los precios. Muchos proyectos fueron cancelados y la actividad prácticamente se paralizó.

Ante la incertidumbre, Miguel Ángel y su esposa buscaron alternativas. La idea fue sencilla: vender jugos y sándwiches en un pequeño local cercano a la clínica del IMSS de Infonavit Cañadas.

Aquel establecimiento medía apenas metro y medio por dos metros.

Lo que parecía una solución temporal terminó convirtiéndose en el inicio de una nueva trayectoria empresarial.

El descubrimiento de salir a buscar al cliente

La lógica inicial indicaba que el flujo de pacientes de la clínica generaría ventas constantes. Sin embargo, la realidad fue distinta.

Los pacientes llegaban, acudían a consulta y se retiraban sin consumir.

La historia cambió cuando un médico realizó un pedido para su consultorio. Al ver pasar las bolsas de alimentos, enfermeras y secretarias comenzaron a preguntar qué vendían y pronto empezaron a ordenar también.

Aquella experiencia dejó una enseñanza que marcaría el desarrollo posterior de la empresa.

“No basta con esperar al cliente; hay que salir a buscarlo”.

A partir de entonces comenzaron los repartos directos, primero caminando y después en bicicleta. Más adelante aparecieron los volantes impresos a color, diseñados por su esposa, en una época donde predominaban las fotocopias en blanco y negro.

La estrategia funcionó.

Las ventas crecieron y también la comprensión de que el negocio debía escuchar permanentemente al mercado.

Crecer escuchando al consumidor

La expansión de Kiwi no obedeció a un plan rígido de crecimiento.

Cada nueva unidad fue surgiendo a partir de señales enviadas por los propios clientes.

Cuando comenzaron a recibir pedidos frecuentes desde el Centro Histórico, se abrió un punto de venta en esa zona. Posteriormente ocurrió algo similar en el corredor Pedro Infante y otros sectores de la ciudad.

Lo que inició como un pequeño local fue evolucionando hasta conformar una red de establecimientos distribuidos estratégicamente.

Actualmente la empresa opera siete puntos de venta, dos panaderías y dos pizzerías bajo el concepto Kizza, especializado en pizzas integrales y ensaladas.

Para sostener ese crecimiento fue necesario crear un centro de producción donde se procesan carnes, pollo, aderezos y otros insumos que diariamente se distribuyen a las distintas unidades.

Una filosofía basada en alimentos frescos

A diferencia de muchos negocios que nacen alrededor de una receta específica, Kiwi evolucionó alrededor de una filosofía.

Desde sus primeros días, Miguel Ángel comenzó a cuestionar la calidad de los ingredientes disponibles en el mercado.

Un queso fue sustituido por otro. Una variedad de lechuga reemplazó a otra. Un pan cambió por uno de mejor calidad.

Con el paso de los años, esa búsqueda permanente de mejores ingredientes terminó convirtiéndose en uno de los pilares de la empresa.

La prioridad es ofrecer productos frescos, reducir el uso de químicos y trabajar, siempre que sea posible, con productores locales.

La empresa mantiene vínculos con agricultores de la región para abastecerse de distintos insumos, lo que además contribuye a fortalecer cadenas de suministro locales.

La panadería surgió por una inconformidad

La incursión en la panadería tampoco fue planeada originalmente.

Todo comenzó cuando un proveedor informó que no podía surtir determinado pan integral porque se había agotado un colorante utilizado en su elaboración.

La respuesta sorprendió a Miguel Ángel.

Si el color era lo que hacía parecer integral al pan, entonces algo estaba mal.

A partir de esa inquietud nació la decisión de producir su propio pan.

El objetivo era garantizar productos con menos conservadores, menos aditivos y mayor frescura.

Con el tiempo, aquella solución operativa se transformó en una nueva línea de negocio.

Hoy las panaderías abastecen tanto a las unidades de Kiwi como al público en general.

La familia como ventaja competitiva

Detrás del crecimiento existe también una historia de colaboración familiar.

Miguel Ángel reconoce que muchas de las decisiones importantes se han tomado en conjunto con su esposa, quien ha participado activamente desde el inicio.

A la estructura se incorporaron posteriormente sus hijas, una especializada en diseño y otra en mercadotecnia, quienes aportan nuevas perspectivas sobre comunicación digital, tendencias de consumo y herramientas tecnológicas.

La familia también ha aprendido a escuchar ideas provenientes de distintas generaciones y a tomar decisiones por consenso.

Esa capacidad de adaptación ha permitido que la empresa evolucione sin perder su identidad.

La competencia como estímulo

Lejos de percibir a los competidores como una amenaza, Miguel Ángel considera que representan un indicador útil.

Cuando otros negocios comienzan a replicar promociones, productos o conceptos desarrollados por Kiwi, interpreta que algo se está haciendo correctamente.

Por ello sostiene que la respuesta no es la queja, sino la innovación permanente.

La competencia obliga a mejorar, a moverse más rápido y a seguir observando las nuevas tendencias del mercado.

Permanecer abiertos al cambio

Después de veinte años, Miguel Ángel identifica una lección central.

Las empresas que dejan de aprender terminan rezagándose.

Por esa razón la capacitación ha sido una constante para directivos y colaboradores.

La organización sigue de cerca nuevas corrientes relacionadas con nutrición, alimentación saludable, digitalización e inteligencia artificial.

Considera que las tendencias cambian con rapidez y que los consumidores son cada vez más informados y exigentes.

Por ello la mejor estrategia sigue siendo mantener la mente abierta.

Una empresa que sigue evolucionando

Actualmente, el conjunto de negocios vinculados a Kiwi genera alrededor de 70 empleos directos y continúa explorando nuevas oportunidades de crecimiento.

La posibilidad de evolucionar hacia un modelo de franquicia ha sido analizada, aunque Miguel Ángel reconoce que vender una franquicia implica aprender un negocio completamente distinto al de vender alimentos.

Por ahora, la prioridad sigue siendo fortalecer la operación actual y continuar innovando.

La historia de Kiwi demuestra que las empresas no siempre nacen de grandes planes estratégicos.

A veces surgen de una pregunta sencilla frente a una crisis inesperada: ¿qué hacemos ahora?

En el caso de la familia Verdugo, la respuesta comenzó con unos jugos, unos sándwiches y la decisión de salir a buscar clientes. Dos décadas después, aquella decisión sigue creciendo, impulsada por la misma convicción que acompañó sus primeros pasos: escuchar al mercado, aprender constantemente y mantenerse abiertos al cambio.