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Anamaya: la fortaleza familiar transformada en restaurante

En el corredor gastronómico del Paseo del Ángel, Casa Anamaya no solo es un restaurante: es el resultado de una historia familiar tejida con trabajo, intuición, creatividad y mucha congruencia entre lo que se cree y lo que se hace.

Detrás del proyecto está la familia García Martínez, originaria de la comunidad Guadalupe Victoria —conocida como El Atorón—, en Eldorado. Su raíz rural no es un dato menor: el frijol que se sirve en Anamaya proviene de la cosecha del padre; varios quesos llegan directo de productores de rancho; y buena parte del espíritu del lugar nace de una cultura familiar de compartir y dar.

Anabel García Martínez, una de las socias, explica que el proyecto surgió hace casi cuatro años como una sociedad entre hermanas. Cada una venía de trayectorias distintas —incluso fuera de Culiacán—, pero todas compartían la inquietud por los espacios de comida y hospitalidad.

De la cocina de casa al proyecto formal

La semilla no apareció de la nada. Su madre, Ana Bertha, siempre fue reconocida por su sazón; vendió comida en distintos momentos de su vida, administró cooperativas escolares y acostumbraba cocinar para otros. Esa práctica de hospitalidad marcó a la familia.

Viajar también influyó. Las hermanas solían visitar restaurantes y preguntarse qué les gustaba de cada lugar. Un punto de quiebre fue un restaurante en Guadalajara con comida regional sinaloense pero presentado en un concepto estético distinto. Ahí visualizaron su propia propuesta: comida de casa, pero emplatada diferente y en un ambiente atractivo.

Cinco meses de apuesta total

Encontraron una casa casi abandonada cerca de la calle Ángel Flores. Firmaron contrato en enero y recibieron cuatro meses de gracia para acondicionar el espacio. El presupuesto quedó corto y tuvieron que resolver sobre la marcha.

Durante cinco meses trabajaron personalmente: pintaron, lijaron, diseñaron, instalaron. Iniciaron con equipo básico: una estufa usada de dos mil pesos, cafeteras domésticas y apenas tres empleadas externas. Ellas mismas eran cocineras, meseras y administradoras.

Abrieron en mayo porque ya no había margen financiero para esperar.

Un proyecto que se “aclienta” solo

Casa Anamaya comenzó a crecer por recomendación boca a boca. Muchas personas llegaban ya con fotos de los platillos vistas en redes de otras clientas. La estética del lugar ayudó, pero la permanencia del público se ganó por sabor y calidez.

Hoy cuentan con capacidad para 120 personas y un equipo de alrededor de 15 personas fijas. No han invertido en publicidad pagada; su posicionamiento ha sido orgánico.

Crisis y resiliencia

El restaurante nació en un contexto complejo: post-pandemia y luego en medio de periodos de inseguridad. La apuesta por los desayunos resultó estratégica, pues mantuvo flujo de clientela cuando otros negocios nocturnos cerraban.

Anabel lo resume con una reflexión que se volvió filosofía interna:

“Cuando eres consciente de que eres una persona honesta, que estás haciendo las cosas bien y que el problema no es tuyo, también hay que ser optimista”.

Comida regional con giro contemporáneo

El menú privilegia lo sinaloense: birria, machaca, frijoles, tamal de elote, chilaquiles, huevos al gusto. A la par, incorporan opciones actuales como avocado toast, croissants y sándwiches, adaptados al gusto local.

Más que “diferenciarse”, buscan congruencia: estética agradable, servicio cálido y un ambiente donde la gente diga sentirse en casa.

Coco y Palma: el hermanito

El crecimiento natural llevó a crear Coco y Palma, a un costado. Su concepto nació de recuerdos familiares: las palmeras plantadas por su padre y los cocos que solía cortar para la familia.

Ahí ofrecen carnes asadas, papas, tacos, pellizcadas, chilacas, aguachiles y mariscos. El proyecto ha ido mutando según la respuesta del público y hoy apunta a consolidarse como restaurante familiar de horario ampliado.

La fuerza de la familia

El hermano Javier apoya en temas técnicos y electrónicos; el padre construyó estructuras; la madre respalda; las hermanas operan y crean, al igual que sus cuñadas. Todos participan.

Para Anabel, más que un negocio, ha sido una misión familiar:

“Demostrarnos de lo que somos capaces, confiar en lo que hacemos. Ha sido un proyecto bien noble”

Lo que sigue

Casa Anamaya ya opera cerca de su capacidad máxima. El siguiente paso es ampliar horarios y sumar un turno nocturno tipo cenaduría.

No hablan de franquicias ni crecimiento acelerado. Su lógica es otra: crecer de forma orgánica, congruente y sostenible.

Porque, como repite Anabel, el miedo siempre existe, pero decidir actuar a pesar de él también es parte del camino.