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La Casa de los Loaiza, sabores y olores de la sierra y de la cocina casera

Con una tradición restaurantera de décadas, que rescata los olores y sabores del serrano municipio de San Ignacio y de otras regiones del sur de Sinaloa, el restaurante La Casa de los Loaiza suma a su menú platillos que sus clientes disfrutan en sus hogares y comparten con orgullo. Su éxito, poco a poco, empieza a ramificarse en nuevas ofertas gastronómicas.

Incluso la arquitectura de la comunidad de La Labor, ubicada por la serpenteada carretera que conduce a la cabecera municipal de San Ignacio, se refleja en el logotipo del restaurante. La casa familiar de La Labor le da ese distintivo que conecta tradición, origen y cocina.

La historia culinaria de la familia comienza en 1979, en la esquina de Constitución y Paliza, con el restaurante La Pradera, donde Héctor Loaiza padre, con el apoyo de su esposa María Elena Morales Rosas, empezó a ofrecer recetas recogidas de las montañas y arroyos sanignacienses.

Héctor Loaiza hijo, quien hizo realidad el sueño de su padre de tener un negocio con el nombre de La Casa de los Loaiza, se integró a la restaurantería desde su pubertad.

En 1990, Héctor Loaiza padre aceptó el reto de manejar un restaurante en las instalaciones de lo que entonces era la Dirección de Investigación y Fomento de la Cultura Regional (Difocur), hoy Instituto Sinaloense de Cultura (ISIC), ubicado por el Malecón Viejo.

“Es ahí cuando realmente empieza a darse a conocer la cocina de los Loaiza, el sabor de San Ignacio”, precisa Héctor Loaiza hijo.

La estancia en ese lugar fue breve, apenas cuatro años. Entre 2002 y 2011, Héctor hijo se sumó al trabajo diario de su padre. De él aprendió el trato cercano con los clientes: preguntarles si todo estaba a su gusto y escuchar sugerencias.

Héctor Loaiza padre falleció en 2011, y su hijo decidió entonces dar forma a un proyecto que su progenitor había imaginado: abrir un restaurante propio llamado La Casa de los Loaiza, instalado en una de las casonas antiguas del Centro Histórico de Culiacán.

Le sirvió de impulso que, en la calle Ángel Flores, ya operara un corredor gastronómico con relativo éxito. Así, decidió abrir el restaurante por la calle Miguel Hidalgo, cerca del Edificio Central de la UAS.

Eligió una vieja casona, dañada por el paso del tiempo y que llevaba años abandonada. En 2016 se le hizo una restauración prácticamente total, y el 9 de marzo de 2017 comenzó a operar como restaurante, confiando en que la clientela del pasado seguiría sus pasos.

“Gracias a Dios, estuvimos llenos desde el primer día y hasta la fecha. A pesar de todas las adversidades, como la pandemia o la inseguridad que estamos viviendo, nos hemos ido adaptando a las circunstancias”, comenta Héctor Loaiza hijo.

Su experiencia en la cocina desde niño le ha permitido desarrollar su propio estilo. “Tengo varios platillos que son creación mía. Soy un cocinero empírico cien por ciento”, explica.

Entre sus creaciones menciona la Lengua Estilo General, el Estofado de Pescado, el Omelet de Puntas, el Omelet Supremo y el Omelet de los Loaiza.

También cuenta que, cuando visita otros lugares, observa los platillos, pregunta por sus ingredientes y adapta lo que considera útil para ampliar el menú.

Para cuidar el sazón, las cocineras del restaurante son amas de casa que preparan los platillos con ese típico sabor casero. Algunas incluso provienen de rancherías de San Ignacio y Cosalá.

Además, muchas recetas surgen de los propios clientes, quienes piden que se les prepare el platillo que acostumbran en sus hogares. Esta tradición fue iniciada por Héctor Loaiza padre.

Así nacieron preparaciones como los Huevos a la Wilbert, el Platillo Ramón, el Platillo Óscar Guerrero, los Huevos a la Montenegro y los Huevos a la San Miguel.

Héctor Loaiza hijo representa la segunda generación de esta familia gastronómica, pero también ha preparado a la tercera, que ya opera sus propios negocios. Su hija y su hijo están al frente de Casa de los Loaiza Express.

Claro que no todo ha sido fácil.

Durante la pandemia de COVID-19, el restaurante tuvo que cerrar al público por tres meses. Sin embargo, en su interior seguían trabajando una o dos cocineras para atender pedidos.

En ese periodo no se despidió a nadie. Aunque no se pudo pagar el cien por ciento de los sueldos, cerca de 25 empleados mantuvieron un ingreso.

La pandemia parecía no tener fin y, por momentos, surgió el temor de tener que cerrar definitivamente. Los ahorros estaban por agotarse.

A esa etapa se sumó después la inseguridad, que ha provocado el cierre de muchos negocios, incluidos restaurantes.

Sin embargo, por su ubicación en el Centro de la ciudad, considerado una zona relativamente segura, y por la fidelidad de su clientela, La Casa de los Loaiza ha resistido.

Aun así, las ventas llegaron a caer hasta un 35 por ciento al inicio de esta etapa.

La fórmula para salir adelante ha sido evitar el aumento de gastos, respaldarse en los clientes habituales y, en algunos casos, sacrificar compromisos personales.

Hoy, la cocina trabaja en promedio al 80 por ciento de su capacidad. Ese nivel de operación ya le permite a Héctor Loaiza hijo pensar en crecer. Está explorando otras plazas y trabaja en un prototipo de franquicia.